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Historia de las cruzadas



Antecedentes de las Cruzadas

Las cruzadas surgieron como el medio para obtener control sobre Tierra Santa, asegurando el libre acceso de peregrinos europeos a los lugares santos, pero también como medio para unir voluntades contra un enemigo común, en lugar de pelear entre sí.

Primero que nada, en este artículo nos referiremos a las cruzadas en su significado original y clásico, como el movimiento militar inspirado por la fe cristiana consistente en conquistar Jerusalén y otros territorios importantes para ofrecer seguridad a los peregrinos europeos que viajaban a tierra santa. En el siglo XI, europa se haya sumida en oscurantismo y en un feudalismo monótono y sin signos de cambio. Las pesadas ropas que cubren casi de pies a cabeza, las oscuras y pequeñas casas, la mala higiene, las epidemias, etc. poco a poco originan una profunda inquietud. Por otro lado en el aspecto político, después de la caída del sacro imperio creado por Carlomagno, los señores feudales, quienes disponían de la vida de sus hombres tanto para la producción agrícola como militarmente, se hacían la guerra unos con otros, creando un mundo sumamente violento, con poco respeto por la vida. Por otro lado, la iglesia veía crecer su poder cada vez más.

Por otro lado, Constantinopla, sede del Imperio romano de Oriente o Bizantino, se erigía como la ciudad más próspera y poderosa del mundo, pues se encontraba situada en una posición fácilmente defendible, en medio de las principales rutas comerciales; contaba con un gobierno centralizado y absoluto en la persona del emperador, además de un ejército capaz y profesional. El emperador Basilio II Bulgaroktonos, había dominado a los enemigos del imperio con éxito. Sin embargo, tras la muerte de Basilio II, unas tribus nómadas llegados de Oriente aparecían con una nueva religión: El Islam. De estas tribus, los turcos Selyúcidas (llamadas así por su mítico líder Selyuk) adquirirán especial importancia, puesto que retarán al poder de constantinopla. En el año 1071, las fuerzas turcas destruyen casi todo el ejército imperial, capturando también a un co-emperador. Consecuencia de esto, el imperio bizantino cede la mayor parte de sus territorios de asia menor (hoy el núcleo de la nación turca) a los Selyúcidas, amenazando cada vez más a Constantinopla.

Por otra parte, los turcos también habían avanzado hacia Siria y Palestina. Una por una las ciudades del Mediterráneo Oriental cayeron en sus manos, y en 1070 entraron en la Ciudad Santa, Jerusalén. La invasión turca a Jerusalén conmocionó fuertemente tanto a Europa Occidental como a la Europa Oriental. En ambas partes se empezó a temer que los turcos fueran a vencer al mundo cristiano, haciendo desaparecer su religión. Además, empezaron a llegar numerosos rumores acerca de torturas y otros horrores cometidos contra peregrinos en Jerusalén por las autoridades turcas.

Urbano II, después del concilio de Clermont, dio un encendido discurso que exhaltaría el deseo de lucha de las multitudes cristianas.

Urbano II declara la Guerra Santa: Las Cruzadas

Ante la expansión turca, surge la figura de Alejo Comneno personaje que en cierta medida desencadenará las cruzadas aunque es más atribuible a Urbano II, quien ocupa el trono bizantino en el año 1081 y decide hacer frente a las fuerzas islámicas. Sin embargo, consciente de la superioridad de sus adversarios decide buscar alianzas con la europa cristiana, buscando en especial contar con soldados normandos, quienes habían dado pruebas de su valía, conquistando el reino de inglaterra y expulsando a los mismos bizantinos del sur de italia. Es entonces cuando Alejo manda emisarios al Papa Urbano II, figura importante, con el fin de obtener apoyo para reconquistar los lugares santos. No es sino años después, cuando en el año 1095, el papa Urbano II convoca el Concilio de Clermont, donde se reunen obispos y abades que llevaban a su vez a señores locales de importancia. Al final del concilio se discute la situación del este, del apoyo pedido por Alejo Comneno y declara la guerra santa (bellus sacrum) contra los musulmanes que ocupaban Tierra Santa. Llevado por la emoción del momento, Urbano II se dirigió a la muchedumbre desde el atrio del templo de la siguiente manera:

"Turcos y persas, árabes y agarenos han invadido Antioquía, Nicea e incluso Jerusalén, que guarda el sepulcro de Cristo"

"Dueños absolutos de Palestina y Siria, han destruido las basílicas e inmolado a los cristianos como si fueran animales. Las iglesias, donde antes se celebraba el divino sacrificio, han sido convertidas por los paganos en establos para sus bestias"

"¿A quién corresponde vengar estas injurias y recobrar estas tierras sino a vosotros? Tomad el camino del Santo Sepulcro, arrancad aquellos lugares al poder de esa raza maldita y ponedlos bajo vuestro dominio . . ."

El Concilio de Clermont, convocado por Urbano II, sería el inicio de más de dos siglos de guerras en nombre de la fe entre cristianos y musulmanes.

"Quienes lucharon antes en guerras privadas entre fieles, que combatan ahora contra los infieles y alcancen la victoria en una guerra que ya debía haber comenzado; que quienes hasta ayer fueron bandidos se hagan soldados; que los que antes combatieron a sus hermanos luchen contra los bárbaros" Urbano II. Concilio de Clermont-Ferrand

"Comprometeos ya desde ahora; que los guerreros solucionen ya sus asuntos y reúnan todo lo que haga falta para hacer frente a sus gastos; cuando acabe el invierno y llegue la primavera, que se pongan en movimiento, alegremente, para tomar el camino bajo la guía del Señor". "El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mateo 16,24). (Urbano II)

Y con el grito de Dieu lo volt ("Dios lo quiere", el grito de guerra característico de las cruzadas), el papa Urbano II terminó su discurso frente a la multitud emocionada que recibió sus palabras y que ya tenían encendida la llama del furor cristiano. Motivada, lista para partir a la batalla por tierra santa.

Se cuenta que los caballeros que oyeron la exhortación papal cortaron unos paños rojos en forma de cruz y se los colgaron en el pecho como signo de que querían participar en la expedición que proponía Urbano II, aunque otros dicen que fue el propio Urbano II el que les proporcionó los paños rojos, de manera que los guerreros que pelearían esas batallas se les llamaría "cruzados", y a las campañas sucesivas "Cruzadas". Un punto importante a destacar es lo referente a las otras posibles causas u objetivos de las cruzadas como medio para encausar las ansias combativas de los nobles, que hasta ese momento habían sumido a europa en una violencia cotidiana, así como enfrentar problemas demográficos ofreciendo una nueva vida más allá del feudo, a las personas de las más bajas jerarquías, con más oportunidades y bienestar.

Urbano II aprovechó esta conjunción de factores y prometió para los cruzados el perdón de sus pecados, la condonación de sus deudas y el enseñoramiento de las tierras que conquistaran, en las que "fluían leche y miel, como en otro paraíso de delicias", mientras que las que dejarían eran "demasiado angostas para vuestra población" y carentes de recursos alimenticios. Para una Europa empobrecida, pero especialmente para una Francia al borde de la hambruna, tales promesas no podían ser más tentadoras.

La Primera Cruzada, la conquista de Jerusalén

Cruzados entrando en Constantinopla. La primera cruzada necesitaría el seguro apoyo del imperio bizantino para reconquistar los territorios cristianos perdidos, así como para la meta final, la conquista de Jerusalén.

Después de esos hechos, los nobles y señores tuvieron el tiempo necesario para formar un poderoso ejército que se pondría como objetivo conquistar tierra santa, compuesto principalmente por la nobleza como gente del pueblo franco e itálico: Sesenta mil cruzados listos para pelear por la causa. Los normandos italizanos estaban conducidos por Bohemundo de Tarento, los franceses por Raimundo de Tolosa, los flamencos por Godofredo de Bouillon y los Valones por su hermano Balduino. Las fuerzas cruzadas, partiendo de varios puntos de europa, acordaron encontrarse en Constantinopla, donde los esperaba el emperador bizantino Alejo Comneno.

Sin embargo, el imperio bizantino y Roma no se hayaban en muy buenos términos debido a diferencias religiosas. Tales diferencias casi habían originado la ruptura definitiva de las relaciones entre ambos. Por este motivo Alejo Comneno, por un lado recibía a las fuerzas cruzadas con los brazos abiertos debido al apoyo que representaban contra las fuerzas turcas, más por otro lado también le preocupaba que después de conquistar los territorios en manos turcas, crearan reinos independientes, disminuyendo su autoridad.

A principios de 1097, los cuatro ejércitos cruzados llegaron a Constantinopla, y cada uno de sus jefes por separado establecieron acuerdos con el emperador Alejo, para que le fueran respetadas sus anteriores tierras, una vez que fueran reconquistadas. En respuesta, el se comprometía a facilitar todos los medios disponibles para que los cruzados pasaran por Asia Menor.

Una vez pasado esto, los cruzados tuvieron la espalda cubierta y apoyo logístico de Alejo. Sin embargo ahora encararían la lucha contra las fuerzas turcas, quienes no pudieron contener el avance de las fuerzas cruzadas. Los cruzados, entregaron el dominio de los territorios arrebatados a los turcos a Alejo, pero llegando a Edesa (que cayó sin luchar) se instalaron en ella, y la convirtieron en principado. Después, los cruzados asediaron Antioquía durante seis meses, hasta que cayó bajo el dominio cruzado. Sin embargo, cayó a un alto costo, pues durante el asedio se consumieron las mejores tropas cruzadas. Luego, los cruzados se dirigieron a Trípoli, donde el 15 de Julio de 1099, después de tres años de haber iniciado marcha de la guerra santa, y después de cinco semanas de asedio, las fuerzas cruzadas lograron ocupar Jerusalén. Sin embargo, al furor cristiano, se había hecho sentir a lo largo de toda la expedición, y mucho más en el momento más emocionante y a la vez trágico (por la matanza originada) de la misma, es decir, cuando estaban a punto de lograr el objetivo planteado desde el principio: "La conquista de Jerusalén". Los cruzados, en su ferviente fe, dieron muerte a turcos, judíos y sarracenos por igual, de manera que los habitantes de Jerusalén fueron exterminados en tremenda carnicería, digna de una obra dantesca. Según cronistas de la época:

Grabado de los cruzados tomando Jerusalén, concluyendo con éxito con los objetivos de las cruzadas.

"Habiendo entrado peregrinos en la ciudad, persiguieron y degollaron a los sarracenos hasta el Templo de Salomón, donde hubo tal carnicería que los nuestros caminaban con sangre hasta las rodillas. Los cruzados corrían por toda la ciudad arrebatando oro y plata, caballos y mulas, haciendo pillaje en las casas que sobresalían por sus riquezas. Después felices y llorando de alegría, se fueron a adorar el sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo, considerando saldada la deuda que tenían con El" (Raimundo de Aguilers, cronista presencial)

"...los francos degollaron a más de setenta mil (?) personas, entre las cuales había una gran cantidad de imanes y de doctores musulmanes, de devotos y de ascetas, que habían salido de su país para venir a vivir, en piadoso retiro, a los lugares santos". (Ibn al-Athir)

"Se ordenó sacar fuera de la ciudad todos los cuerpos de los sarracenos muertos, a causa del hedor extremo, ya que toda la ciudad estaba llena de sus cadáveres... hicieron pilas tan altas como casas: nadie había visto una carnicería semejante de gente pagana. Las hogueras estaban dispuestas como mojones y nadie, excepto Dios, sabía su cantidad". (Guillermo de Tiro)

"la matanza de Jerusalén causó una gran impresión en todo el mundo. Nadie puede decir cuántas víctimas hubo, pero Jerusalén quedó vacía de musulmanes y judíos. Incluso muchos de los cristianos quedaron horrorizados... Esta demostración de sed de sangre del fanatismo cristiano dio origen al renacimiento del fanatismo del islam". (Runciman)

Quince días más tarde y sin saber del éxito de los cruzados, moría en Roma Urbano II.

Ultramar: Los reinos cristianos

Luego de obtener semejantes victorias algunos cruzados se establecieron en las tierras conquistadas mientras que otros decidieron regresar al lugar de origen. A nivel de los líderes de los ejércitos cruzados, los territorios se repartieron de la siguiente forma: Baduino se quedó con Edesa, Bohemundo con Antioquía, Raimundo con Trípoli y Godofredo con Jerusalén. De esta manera todos eran feudatarios de éste, que fue reconocido como la cabeza del reino latino de Jerusalén. Con el paso de los años, se desarrolló una cadena de fortalezas y puertos fortificados a lo largo de la costa mediterránea que sirvió para detener el empuje de los contraataques posteriores, y a todo el conjunto, se le dio el nombre de Ultramar.

Cruzados padeciendo sed en las afueras de Jerusalén. En las cruzadas este padecimiento era el habitual puesto que el vital líquido escaceaba en esas regiones. Era un elemento decisivo a considerar para la planificación de la estrategia.

Los cruzados que permanecieron en ultramar, trataron al principio de cambiar la forma de vida para que fuera similar a la que llevaban en Europa, sin embargo, pronto se vieron seducidos por los adelantos tecnológicos y la buena vida de los asentamientos orientales. Amplias viviendas con grandes ventanales que invitaban a la luz en contraste con las frías y lúgubres viviendas dejadas atrás, calles pavimentadas, iluminación artificial, eficientes sistemas de drenaje, tuberías, parques, teatros, joyas, mármol, mosaicos, extraordinarios tejidos y vajillas de oro y plata. De esta manera, los cruzados que vieron cumplido su voto de fé y regresaron a sus lugares de origen fueron los primeros en llevar noticias de estos adelantos y la forma de vida de Oriente, mucho más esperanzadora que en Europa.

Bajo este escenario, los cruzados que sí se quedaron en las tierras conquistadas, vieron cumplidas las promesas del papa Urbano II, con un futuro prominente y de más oportunidades. Similar a los vikingos, los cruzados absorbieron la cultura de los lugares conquistados. Pero más que nada, habían logrado para la fe cristiana la seguridad tan anhelada para los peregrinos que viajaban a visitar los lugares santos.

La Pérdida de Jerusalén y la segunda Cruzada

Batalla entre cruzados y musulmanes. La invasión lidereada por Saladino, sería el movimiento que arrebataría de las manos de los cruzados los territorios conquistados.

Después de la victoria y las conquista de tierra santa era lógico pensar en el contra ataque musulmán. En la nochebuena del año 1144, los musulmanes reconquistaron Edesa y pusieron en apuros a las poblaciones cristianas. Fue este el foco rojo que hizo que Bernardo de Claraval, el abad que había dado su apoyo a la creación de la orden de los templarios, llamara a una segunda cruzada que contó con el protagonismo de Luis VII de Francia y Conrado III de Alemania. Sin embargo esta cruzada no tuvo éxito en retomar el poder de Edesa y acabó disgregándose, dejando a los demás baluartes de Ultramar a sus propios medios. El fracaso de la 2a. cruzada, alarmó a Jerusalén, Trípoli y Antioquía.

Aunque existían fuertes y organizadas órdenes que apoyaban la defensa de los territorios conquistados por los cruzados, como la de los templarios y los hospitalarios, no pudieron contener el avance de la invasión lidereada por Saladino, el héroe musulmán que ahora se alzaba como un líder mítico que venía a rescatar los lugares santos para los musulmanes, cuyo genio político y estratégico le valieron muchas victorias a la causa musulmana. Fue en 1187 cuando Saladino dirigió la invasión que reconquistó los lugares ocupados por los cruzados, incluyendo, trágicamente para éstos, a Jerusalén.

La tercera Cruzada

En respuesta, en europa, el papa gregorio VII convocó a una tercera cruzada, que esperaba contar con el apoyo de los reyes más poderosos de europa: El rey de Inglaterra Ricardo Corazón de León, el rey de Francia Felipe II y el rey del sacro imperio romano germánico Federico I Barbarroja. Juntos habrían de levantar una formidable fuerza que contaría con los mismos ideales que la primera, impulsada por la fe en la reconquista de tierra santa. Sin embargo un hecho trágico comenzó a diezmar la tercera cruzada: Federico I Barbarroja caía muerto en los inicios de la campaña y junto con él su ejército se retiraba de la causa cristiana. Ahora caía en las manos de Ricardo Corazón de León y Felipe II de Francia la responsabilidad de recuperar tierra santa. Más sin embargo, Ricardo Corazón de León era un rey aventurero y carismático que encarnaba, al igual que su contraparte Saladino, los ideales de la caballería, demostrando valor a cada momento e inspirando a los hombres a combatir con entrega hasta obtener la victoria. Se dice que tal liderazgo puso celoso a Felipe II, el rey de Francia, quien regresó a Francia, alegando estar enfermo después de haber tomado Acre. Con Ricardo Corazón de León como líder supremo del ejército cruzado, la tercera cruzada se veía cada vez más desesperada.

Ricardo Corazón de León, el máximo representante de la Tercera Cruzada, quien se enfrentó a los ejércitos de Saladino, teniendo que regresar a Inglaterra por los problemas de su patria.

Tras la toma de Acre, Ricardo Corazón de León pidió un rescate por los prisioneros musulmanes que se encontraban en sus manos, y no recibiendo respuesta de Saladino (Acostumbrado a meditar profundamente las decisiones de este tipo) en quince días, mandó a decapitar a 2.700 musulmanes, lo cual provocó la respuesta de las fuerzas musulmanas que se batieron en encarnizadas luchas contra el ejército cruzado, hasta que a finales de 1191 Ricardo Corazón de León recibió noticias de que su hermano Juan sin Tierra y Felipe II conspiraban por el trono inglés. Ante tal urgencia, Ricardo Corazón de León, firmó con Saladino un tratado en el que estipulaba que los cristianos conservarían la franja costera que iba desde Tiro hasta Faffa y sería libre la entrada de peregrinos cristianos a Jerusalén, al igual que a los musulmanes se les permitía el acceso a las mezquitas de La Meca por territorios cristianos.

Las siguientes Cruzadas

Después se organizaron nuevas cruzadas, que cada vez más habían perdido sus objetivos originales, puesto que ahora intervenían otras razones de orden político de las cuáles no se obtuvieron grandes ganancias para la causa cruzada, aunque siempre estuvieron guiadas en apariencia por la fe en la reconquista de tierra santa, y secundadas por el grito "¡Dios lo quiere!". Finalmente, en 1191, las fuerzas musulmanas tomaron San Juan de Acre, la última posesión cristiana en Tierra Santa, poniendo fin a la época de las cruzadas.

Las cruzadas son usualmente clasificadas de la siguiente forma:

la primera, 1095-1101, que culminó con la toma de Jerusalén;
la segunda, encabezada por Luis VII, 1145-47;
la tercera, conducida por Felipe Augusto y Ricardo Corazón de León, 1188-92;
la cuarta, durante la cual Constantinopla fue tomada, 1204;
la quinta, que incluyó la conquista de Damietta, 1217;
la sexta, en la que Federico II tomó parte (1228-29); así como Teobaldo de Champaña y Ricardo de Cornualles (1239);
la séptima, liderada por San Luis, 1249-52;
la octava, también bajo la dirección de San Luis, 1270.


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